EL TIEMPO ES SUBJETIVO

06.05.2026

Hay ideas que llegan a mi cabeza no como una teoría cualquiera, sino como una sensación persistente en el cuerpo. A mí me ha venido pasando con el tiempo. Últimamente lo siento más corto, más exigente, más fragmentado. Y no porque el reloj haya cambiado, sino porque la vida —especialmente la de muchas mujeres y madres— se mueve en múltiples direcciones al mismo tiempo.

Por eso he empezado a decirlo sin miedo: el tiempo es subjetivo.

Y sí, también he empezado a nombrarme feminista. No desde un lugar de confrontación, ni desde la negación de lo masculino o de la feminidad, sino desde ese feminismo que Chimamanda Ngozi Adichie describe con tanta claridad: uno que cree en la igualdad real de derechos y oportunidades, y que no necesita estar en contra de los hombres para estar a favor de las mujeres.

Porque hay algo que rara vez se dice en voz alta: la desigualdad -desde todas las perspectivas- también se mide en tiempo.

Nos han enseñado a las mujeres a ser muchas cosas al mismo tiempo. A sostener múltiples versiones de nosotras mismas sin fallar en ninguna: ser atractivas, pero no demasiado; inteligentes, pero sin incomodar; buenas madres, pero también profesionales exitosas; presentes en la casa, pero independientes económicamente. Nos exigen no desaparecer en la maternidad, pero tampoco fallar en ella.

A los hombres también se les ha impuesto una carga injusta -la de proveer, la de sostener- que responde a una idea heredada que también los limita. Pero incluso dentro de ese escenario hay una diferencia silenciosa: la distribución del tiempo emocional, del tiempo doméstico, del tiempo invisible.

En países como Colombia, donde una gran parte de los hogares están liderados por mujeres cabeza de hogar, esta conversación deja de ser teórica. Se vuelve cotidiana, real y urgente. Porque entonces el tiempo ya no solo se mide en horas, sino en responsabilidades acumuladas.

Además, cuando una mujer decide ocupar espacios —especialmente espacios de poder— aparece otra carga, más silenciosa, pero igual de pesada: la de la mirada constante.

Hoy pareciera que las mujeres siempre somos blanco.
Blanco de juicio.
Blanco de expectativa.

Y lo vemos incluso en la política. El debate reciente en Colombia ha dejado algo claro: que una mujer tenga la posibilidad de llegar a un lugar de poder no significa automáticamente que represente a todas las mujeres, ni que deje de ser cuestionada por el hecho de ser mujer.

Pero hay algo aún más incómodo: entre nosotras mismas, a veces, también somos especialmente duras. Como si el error de una mujer pesara más que el de un hombre. Como si cada mujer en lo público tuviera que representarnos a todas, y no simplemente a sí misma. Ahí entendí algo importante: no se trata solo de si una mujer nos representa o no. Se trata de que, incluso cuando llegamos, seguimos siendo evaluadas bajo una lupa distinta.

Y esa lupa también consume tiempo.

Tiempo emocional.
Tiempo mental.
Tiempo que no se ve.

Si decidimos ser madres, desde la concepción misma, el tiempo de una mujer cambia. El cuerpo se transforma, la gestación ocupa, el posparto redefine. Y luego viene la crianza, que no es solo presencia, sino también carga mental permanente: pensar, organizar, anticipar, cuidar. Sí, los padres también viven transformaciones. Pero no con la misma intensidad ni bajo las mismas expectativas sociales.

Por eso, más que repetir que no todos tenemos las mismas 24 horas, vale la pena preguntarse qué tan habitables son esas horas para cada persona.

No es lo mismo transitar la ciudad durante horas para llegar al trabajo que tenerlo cerca o en casa.
No es lo mismo sostener un hogar sin apoyo que compartir las cargas.
No es lo mismo criar en red que hacerlo en soledad.
No es lo mismo tener tiempo propio que tenerlo siempre fragmentado.

Porque el tiempo no es solo cantidad. Es calidad, es posibilidad, es margen. Es la diferencia entre vivir el día o simplemente alcanzarlo: es equidad.

Y esta conversación es para hacer visible algo que muchas veces se normaliza: que la igualdad no se logra solo abriendo puertas, sino entendiendo qué pasa después de cruzarlas porque incluso en escenarios donde hay privilegios —estructura, equipo, redes de apoyo— hay cargas que no desaparecen:

Las expectativas siguen ahí.
Los comentarios siguen ahí.
La exigencia de hacerlo todo bien, también sigue ahí.

Y entonces aparece una sensación difícil de explicar: la de no tener tiempo suficiente, incluso cuando, en teoría, sí lo hay.

Ahí es donde el tiempo deja de ser una medida objetiva y se convierte en una experiencia profundamente personal.

Por eso, además de enseñarle a mi hija que tiene las mismas oportunidades, quiero enseñarle algo real: que la igualdad y la equidad también se construyen desde el tiempo.

Que no tiene que cargar con todo.
Que no tiene que demostrarlo todo.
Que no tiene que responder a todas las expectativas.

Quiero enseñarle que su tiempo le pertenece.

Porque tal vez ahí habita una forma más real de equidad: no solo en tener las mismas 24 horas, sino en poder vivirlas sin culpa.

Quiero cerrar lo que hoy escribo desde un lugar más íntimo.

Quiero contarles cómo es un día en mi vida.

Un día sin tiempo. O, más bien, con un tiempo que existe, pero no alcanza.

La alarma suena a las 5:00 a.m. con la intención —casi siempre fallida— de hacer ejercicio. No lo logro. Estoy cansada. Me levanto a las 5:30. Mi esposo también. Él entra primero a la ducha; luego voy yo, muchas veces con nuestra hija en brazos, mientras él tiende la cama.

De ahí pasamos, sin transición, a una rutina que no da tregua. Yo preparo el desayuno. Él se encarga de los dos gatos. Desayunamos juntos. Luego organizo la lonchera, el bolso del colegio y el de la tarde, porque sabemos que necesitaremos de nuestra red de apoyo para poder seguir trabajando. Él lava los platos. Hacemos equipo. Siempre hacemos equipo.

Después viene salir: vestir a nuestra hija de dos años, alistarnos nosotros. Yo me voy a trabajar. Él la lleva al colegio. Y, como no tenemos ayuda doméstica permanente, durante el día todo es coordinación: quién la recoge, quién la cuida, cómo logramos que todo funcione. La verdad, muchas veces, no sé cómo lo logramos.

Y entonces empieza otra jornada.

Durante el día, a veces no tengo tiempo ni de ir al baño. Lidero un equipo grande y la movilidad de una ciudad. Cuando intento sentarme, ya hay alguien esperando: entran, hablan, piden, resuelven. Como si mi tiempo —por el rol que ocupo— dejara de ser mío.

A las 5:00 p.m. aparece la culpa.

Culpa porque tengo que ir por mi hija.

Culpa porque en el pasillo se escuchan comentarios: que siempre salgo puntual, que no me quedo hasta tarde como otros jefes.

Entonces me quedo un poco más. Media hora. Una hora.

A las 5:30 salgo corriendo. A veces recojo yo a mi hija, otras veces me encuentro con mi esposo y volvemos juntos a casa. Son las 6:30 p.m. Y ahí empieza otra jornada: la de la casa.

También en equipo. Siempre en equipo.

Cocinamos.

Lavamos los platos.

Lavamos y doblamos ropa.

Organizamos uniformes.

Intentamos que la casa no se nos desborde antes de que llegue el día de la ayuda.

A veces, si el cuerpo alcanza —y si no hice ejercicio en la mañana— intento hacer algo en casa.

A las 8:00 p.m. empieza el ritual de dormir a nuestra hija. La bañamos, le ponemos la pijama. Luego me acuesto con ella, le leo, la arrullo. Se duerme cerca de las 9:00.

Ahí, por fin, me pongo la pijama.

Y empieza el único momento que se parece al descanso: un poco de tiempo en pareja. A veces estamos demasiado cansados. Vemos algo, leemos… o simplemente nos dormimos a las 10:00 p.m.

Y entonces llegan las preguntas que no tienen respuesta:

¿A qué hora respondo el correo?

¿A qué hora estudio?

¿A qué hora hago ejercicio?

¿A qué hora descanso de verdad?

Ahí es donde entiendo que el tiempo no es igual para todos.

Porque incluso en una vida donde hay amor, equipo, red de apoyo y privilegios, el tiempo sigue sintiéndose insuficiente… y la culpa aparece.

Por eso, cuando digo que el tiempo es subjetivo, no es una idea.

Es una experiencia.

Y es, también, la certeza de que esta es una conversación que tenemos que dar.

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