Cansancio con propósito

10.10.2026

Hablar de salud mental en el servicio público no siempre resulta fácil.

Durante mucho tiempo, pareciera que quienes asumimos responsabilidades públicas tuviéramos que cargar con todo para mostrar fortaleza. Responder, decidir, estar disponibles para la urgencia, para la queja, para la crisis, para la expectativa ciudadana y también para la presión institucional.

El servicio público tiene una dimensión profundamente humana, pero muchas veces se ejerce desde lugares donde lo humano parece quedar en segundo plano.

Y yo, además de servir, soy mamá. Esto parece sencillo pero, cambia la manera como entiendo casi todo. Porque quiero enseñarle a mi hija con palabras, pero sobre todo con ejemplo. Quiero mostrarle que la vida puede vivirse con propósito, con disciplina, con sensibilidad y con amor por los demás.

Quiero que mi hija crezca sabiendo que a veces, no existen límites cuando uno trabaja con convicción. Que los sueños no están reservados para unos pocos, pero quiero enseñarle algo más importante: que no basta con llegar lejos si en el camino perdemos la bondad.

Quiero que Helena sea fuerte, pero sensible. Que sea valiente, pero no indiferente.

Quiero que ella entienda que servir no es rebajarse, ni sacrificarse hasta desaparecer. Servir es reconocer que nuestra vida también tiene sentido cuando se pone al servicio de algo más grande que nosotros mismos.

Tal vez por eso el servicio público me toca de una manera tan especial. Porque, aunque muchas veces es exigente, estresante y desgastante, también se ha convertido en un propósito. Una manera concreta de decirle a Hele sin discursos largos, que la vida no se trata únicamente de lo que conseguimos para nosotros, sino también de lo que somos capaces de construir para otros.

Pero no quiero romantizarlo. Servir cansa.

Hay días en los que las decisiones pesan. Días en los que la crítica duele más de lo que uno quisiera admitir. Días en los que el cuerpo sigue funcionando, pero que la mente necesita un descanso. Días en los que siento que nada es suficiente; que siempre falta una respuesta, una reunión, un informe, una explicación más.

A veces creo que la ansiedad nace precisamente de intentar responder "sí" a todo.

Por eso hablar de salud mental en el servicio público no es un acto de debilidad. Es un acto de honestidad. Y también de responsabilidad con la ciudadanía.

No podemos cuidar bien a una comunidad si no aprendemos también a cuidar a quienes la sirven --cuidarnos a nosotros mismos--. No podemos hablar de instituciones humanas si normalizamos que las personas que las lideran vivan agotadas, ansiosas o emocionalmente sobrecargadas.

Porque la salud mental también es una condición para decidir mejor, para escuchar con más empatía, para ejercer autoridad sin perder sensibilidad, para liderar equipos sin olvidar que detrás de cada función hay una persona y servir sin convertir el servicio en una forma de abandono de uno mismo.

Aquí pienso mucho en la investigadora y escritora Brené Brown, cuando plantea que el liderazgo valiente no nace de la apariencia de control absoluto, sino de la capacidad de asumir la vulnerabilidad como parte del camino. Liderar también implica conversar con la incertidumbre, reconocer lo que no sabemos, sostener conversaciones difíciles, vivir de acuerdo con nuestros valores, construir confianza y por supuesto, aprender a levantarnos después de caer.

Esa idea últimamente me está pareciendo profundamente necesaria para el servicio público –y en general para la vida--.

Porque muchas veces confundimos liderazgo con dureza. Creemos que liderar es no dudar, no cansarse, no mostrar miedo, no pedir ayuda, no decir "esto también me afecta". Pero tal vez liderar --especialmente desde lo público--, requiere exactamente lo contrario: tener la valentía de reconocer que somos humanos mientras tomamos decisiones que afectan a otros seres humanos.

Entender que, la vulnerabilidad no significa fragilidad., falta de carácter, ni ausencia de autoridad. Sino que, la vulnerabilidad, entendida desde el liderazgo, es la capacidad de actuar con honestidad cuando no tenemos todas las respuestas. Es decir: "esto es difícil", sin renunciar a la responsabilidad. Es escuchar una crítica sin perder el centro. Es reconocer un error, pedir ayuda y liderar desde la verdad, no desde la máscara.

Hoy, también tengo que reconocer algo: a mí me ha costado ser vulnerable.

Me ha costado aceptar que no siempre puedo con todo, que no siempre tengo la respuesta inmediata, que hay días en los que también me canso, me frustro, me cuestiono y necesito parar. Durante mucho tiempo asocié la fortaleza con sostener, responder y avanzar, incluso cuando por dentro de mí algo me pedía que parara.

Pero el trabajo público me ha ido enseñando que la vulnerabilidad también hace parte del camino.

No como una forma de debilidad, sino como una forma más honesta de liderazgo. Porque liderar desde lo público no es aparentar que nada nos afecta. Es tener la capacidad de seguir tomando decisiones con responsabilidad, incluso reconociendo que somos humanos. Es aceptar que sentir no nos hace menos capaces y que descansar no nos vuelve menos comprometidos –cuando podemos descansar--.

Por el contrario, creo que aprender a detenernos también nos hace mejores servidores públicos.

Sacar tiempo para la familia, para el descanso, para la vida íntima y para el cuidado personal no es una concesión menor ni un lujo. Es una condición para poder servir con claridad. Una mente agotada decide peor. Un cuerpo llevado al límite pierde sensibilidad. Una persona que no descansa termina respondiendo desde la urgencia, no desde la conciencia.

Y el servicio público necesita presencia, pero no cualquier presencia.

No se trata de quién apaga el computador más tarde en la oficina, ni de quién responde más mensajes fuera del horario. Se trata de quién logra trabajar con mayor propósito, con mayor criterio y con mayor impacto. De quién entiende que la verdadera efectividad no está en acumular horas, sino en transformar realidades. En tomar mejores decisiones, en construir soluciones que permanezcan, en dejar una huella positiva en la vida de las personas.

En mi caso, poner a la comunidad en el centro de todo ha cambiado mi manera de entender el trabajo.

Cuando dejé de ver mis trabajo como una lista interminable de tareas y empecé a verlas como una posibilidad real de cuidar, ordenar, proteger y transformar el territorio, algo dentro de mí se resignificó. La carga no desapareció, pero tuvo mayor sentido y eso me dio paz.

Y cuando el propósito aparece, el trabajo deja de sentirse únicamente como estrés: Se convierte en una causa. En una lucha diaria, exigente e incansable, por dejar el territorio mejor de como lo encontramos. Por tomar decisiones que, aunque no siempre sean fáciles ni populares, estén orientadas al cuidado de lo común.

Servir así no significa vivir sin cansancio. Significa saber por qué vale la pena seguir -incluso cansados-.

Significa comprender que cada día trae una oportunidad pequeña —a veces invisible— de mejorar algo para alguien. Y que, aunque no siempre podamos verlo de inmediato, el servicio público tiene sentido cuando trabajamos por las personas.

A veces servir se parece a una terapia. No porque reemplace a los psicólogos, ni porque el trabajo tenga que sanar lo que corresponde atender en otros espacios. Sino porque hay algo profundamente reparador en sentirse útil. En saber que una decisión puede mejorar una calle, ordenar un territorio, acompañar una necesidad, abrir una posibilidad o simplemente transformar una vida.

Hay días en los que una conversación con un ciudadano me devuelve perspectiva de territorio, una reunión difícil abre camino al dialogo, porque una acción, por mínima que parezca, puede dejar una huella en la vida de cualquier ciudadano.

Y entonces, en ese momento, recuerdo para qué estoy aquí y que no todo el cansancio es vacío. Porque aunque hay cansancios que vienen de cargar demasiado, pero también hay cansancios que nacen de haber puesto el corazón, la cabeza y las manos en algo que importa.

Aun así, el propósito no puede ser una excusa para descuidarnos.

Amar lo que hacemos no significa vivir desbordados. Liderar no significa no necesitar apoyo. Ser mamá no significa hacerlo todo perfecto. Ser servidora pública no significa dejar de ser humana. Eso también podemos reconocerlo desde la vulnerabilidad –aunque a veces cueste--.

De hecho, quiero que mi hija aprenda eso también. Yo quiero que sepa que puede perseguir sus sueños, servir a otros y ser fuerte, sin que ello implique dejar de tener miedo. Los abuelos solían decir "el que no vive para servir, no sirve para vivir". Esto no implica que vivir para servir sea vivir para complacer, significa vivir con conciencia del otro, Con generosidad, con responsabilidad y con la capacidad de mirar más allá de uno mismo.

Y quizás esa es una de las enseñanzas más importantes que me ha en señado mi papá y que también me ha dejado el servicio público: que la vida cobra sentido cuando se conecta con algo común, cuando el trabajo deja de ser una obligación y se convierte en una manera de habitar el mundo.

Cuando entendemos que cada decisión, cada gesto, cada palabra y cada acción puede transformar realidades.

Por eso creo que necesitamos hablar más de salud mental en el servicio público. No desde la queja, sino desde la conciencia. No para negar la exigencia, sino para reconocer que detrás de cada cargo hay una persona. Una persona que siente, se agota, duda, necesita pausas, pero también puede encontrar en el acto de servir una forma de esperanza.

Porque el verdadero impacto nace de trabajar con sentido. De cuidar la mente para decidir mejor, de cuidar la familia para recordar quiénes somos fuera del cargo, de cuidar el descanso para no perder salud. De cuidar a la comunidad como centro de todo, porque al final esa es la razón más profunda del servicio público.

Quizás el liderazgo que quiero enseñar no es el liderazgo perfecto, sino el liderazgo valiente: ese que se atreve a servir, a sentir, a escuchar, a equivocarse, a reparar y a seguir caminando con el corazón abierto. Porque servir también cansa, pero cuando se hace con propósito, también enseña.

Y tal vez, en el fondo, eso es lo que quiero que mi hija aprenda de mí: que una vida grande no es la que acumula más reconocimientos, sino la que se atreve a servir con el corazón entero; la que entiende que liderar también es ser vulnerable.

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